Domingo a la noche fui a ver a Hedwig and Angry Inch, un musical de 1998, también devenido en película en el año 2001. Trata sobre la vida de una cantante transexual de una banda de glam rock. John Cameron Mitchell escribió el guión de la obra y fue también el director y actor principal de la película. A su vez, el director no es ni más ni menos que el mismo de otra gran película llamada Shortbus.
Nótese la increíble metamorfosis de Germán Tripel.

En el Día de Internet, Yahoo! también estuvo presente. Acá la presentación que armé:

El sábado no fui a ver ni Wolverine, ni Angeles y demonios; fui a ver una de las últimas películas argentinas que en menos de dos semanas sólo se exhibe en el Tita Merello y Gaumont. Ciertamente una verdadera vergüenza dada la calidad y emotividad que una película como Luisa tiene. Ópera prima del director Gonzalo Calzada, y protagonizada por una actriz de larga trayectoria como es Leonor Manso, Luisa es una mujer estructurada y monótona que un buen día ve su vida desmoronarse: su gato se muere, y es despedida de sus dos trabajos luego de 30 años, sin recibir indemnización alguna. Ahí mismo comienza una vertiginosa y penosa carrera para conseguir los míseros $300 que le piden para cremar a su mascota. Entonces Luisa comienza a mendigar en el subte, donde conoce a un hombre que le cambiará su forma de ver el mundo y le enseñará a pelear sus derechos. Este personaje fue interpretado por Jean Pierre Reguerraz, en su última actuación cinematográfica antes de morir. Calificación: muy muy buena!
En una entrevista con Clarín, Leonor Manso dice: “En un momento dado, la crisis por las pérdidas que sufre la obligan a salir a un mundo que ella desconoce por completo. Y ahí descubrirá un universo que la hará cambiar para mejor. Cuando llega al fondo del pozo, no le queda otra opción que empezar a salir”. La actriz se entusiasma hablando del personaje, rescatando situaciones, detalles con los que ella dotó a esa Luisa de ficción. “Luisa es muy emblemática, y yo me reflejo mucho en su capacidad de crear a partir de la necesidad, de sobrevivir como las cucarachas. Creo que representa una clase media baja que no suele tener una mirada hacia el resto del mundo hasta que le toca, como a ella, pasar a la marginalidad. Y curiosamente es ahí donde algo en ella cambia para mejor”.
Crítica de Felisa sobre Luisa
El miércoles a la noche fui invitado a la función de amigos de La sombra de Federico, obra que se estrenará en el San Martín el 15 de mayo. La misma, con un título bastante explícito, gira alrededor de la muerte del poeta español Federico García Lorca.
Protagonizada por Fabián Vena y Graciela Dufau, cuenta con la dirección de Hugo Urquijo (marido de Dufau) y Adelaida Mangani (prima hermana de Dufau). Los intérpretes a su vez interactúan también con títeres para contar la muerte del artista.
La obra cuenta cinco grandes estaciones de Lorca, desde que sale de Madrid: pasa por casa de sus padres, lo esconden en lo de sus amigos los Rosales, lo apresan, se entrevista con el gobernador civil y lo fusilan. En el medio, Federico habla con el público. Y los titiriteros tienen como una de sus funciones acompañar a los personajes a entrar a escena, como ángeles que se deslizan: traen a un personaje de la mano y cuando termina la escena, se lo llevan. Calificación: buena (menos). El eje en sí me pareció interesante, pero quizás todavía falten un par de funciones para aceitar un texto que no es deslumbraste, y una puesta cargada y forzada por el uso y abuso de los archi mismísimos títeres. Las actuaciones tampoco lograron llegarme mucho al alma (o a algún lugar sensible dentro de mí).
La luna vino a la fragua
con su polizón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la Luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye Luna, Luna, Luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye Luna, Luna, Luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya,
ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la Luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
Federico García Lorca